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El Senado
en definitiva estamos hechos para estar juntos ,, no somos animales solitarios ,,,
,no somos iguales ,,somos complementarios cada uno con nuestras diferencias ,
porque somos diferentes ,de eso no cabe duda ,,,,

[Imagen: 16265266_10154049997275810_7573087534748...e=590DC279]
(26-01-2017, 12:28)payoloco escribió: Y nadie, no entiendo muy bien por qué, y digo NADIE, osa siquiera decir algo tan sencillo como lo siguiente:


"Según los datos, desde que se implantó la LVG en 2004, el número de muertes no se ha reducido, ni ha adquirido un tendencia decreciente. Por tanto, la ley no está cumpliendo con su finalidad última, que no es otra que la de intentar disminuir el número de muertes por VG. Pensamos otra solución??" 

Nadie osa porque ya se sabe lo que pasa. Que los bulldogs del fascismo de nuestra era -la corrección política; que no es más que la estrategia de laboratorio del Marxismo Cultural para imponer sus tesis- se abalanzan contra cualquiera que ose cuestionar a la borregada progre. Hay mucha pasta en juego para mucho imbécil que sin la mamandurria pasaría mucha hambre.
[Imagen: Samurai-Jack-Banner-II-samurai-jack-2410...00-300.jpg] 
al final , ,,,,segun Last Marx siempre tiene la culpa ,,,,, y Podemos claro ,,que es quien legisla ,,,

#aburrido
1984

1984 Autor: ORWELL, GEORGE

Editorial: AUSTRAL

Año de edición: 2010

Género: Literatura contemporánea

Donald Trump hace disparar la venta del libro '1984' de Orwell George Orwell Miembros del gobierno de Trump corrigieron sus declaraciones utilizando términos como "hechos alternativos". Usuarios de las redes sociales compararon este lenguaje con el libro '1984'. Retrata un futuro distópico con el Gran Hermano como vigilante de la sociedad.
Tómate tu tiempo para leer esto y empezarás a entender mejor muchas cosas:


RAÍCES  DEL PROGRESISMO

Tras la I GM y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una corriente doctrinal del marxismo, a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por los proletarios. En lugar de asaltar el Estado y luego cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas) adoptan la tesis contraria: cambiar radicalmente el alma humana y de esta forma hacer que el poder caiga en manos de la izquierda según Gramsci, como "fruta madura".

El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a lo violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tiene su origen en este reviosinismo marxista de inicios del XX.

A inicios del XX los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, y como resultado el triunfo de la revolución socialista.

En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría, de forma inexorable, una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, al fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por el materialismo histórico, enarbolado por los intelectuales marxistas pretendidamente "científicos" la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran una mera cuestión de tiempo.

Junto a esta corriente marxista "contemplativa" coexistían enérgicos líderes partidarios de "ayudar" a la historia a cumplir sus designios.

La mentira es la musa de las revoluciones: inspira sus programas, sus proclamaciones, sus panegíricos. Pero olvida amordazar a sus testigos.

La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema capitalista, no podía tener más que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional (1907) era suficientemente explícita: "en caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y usar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista"

Sin embargo estas optimistas previsiones de la Internacional acabarían en completo desastre, y supondrían el fin de dicha organización, pues a excepción de Rusia y Serbia (por motivos concretos) los socialistas, junto con los sindicalistas y anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para defender a sus respectivas naciones.

En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos socialistas, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (no de sus supuestos intereses de clase) dejando "la revolución" par mejor ocasión. Los dirigentes marxistas, seguros de la infabilidad de sus análisis científico-materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

Los trabajadores del mundo se unían sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a quienes trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.
Increíble, pues las previsiones de la dialéctica marxista, con su cientificismo histórico, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado tras el cataclismo bélico, pero el resultado fue exactamente el contrario.

Era imperativo un cambio radical de estrategia. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un fracaso evidente -aún en las condiciones más favorables para la agitación revolucionaria- la clave era modificar las consciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y cualquier centro del pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista como "fruta madura".

Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs otro teórico del "terrorismo cultural" (según su autodefinición) sentarían las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición cristiana.

Así la propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección deseada por los "científicos" del marxismo.

Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, el mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiarían, radicalmente, el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de Cárcel son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia.

Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba con su análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano y tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve pero sanguinaria dictadura del judío sodomita Bela Kum bajo la que fue comisario de la cultura. En esta breve dictadura Lukacs (¿Quién Nos Librará de la Civilización Occidental?) instauró como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios en los que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia y la religión que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados.

Se comprueba así que los patrones intelectuales de la generación del baby boom tiene su origen en el programa ideológico diseñado por los comunistas italiano y húngaro medio siglo antes y que los progres tratan de meter con calzador en su Educación para la Ciudadanía.

Gramsci y Lukacs coincidían totalmente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la INGENIERÍA SOCIAL comunista. En lo que diferían con sus antecesores era en los medios para alcanzar dichos fines.

Aunque los progres actuales lo ignoren éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. 

De hecho, Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales de los progres del XXI. Si la izquierda de a pie prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas de la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural en lugar del sempiterno y asesino en serie Ché.

Ambos pusieron las bases de la contracultura que los nuevos progres adoptaron como propia a partir de los '60, y cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida en occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que la propiedad privada, la familia tradicional y la moral cristiana sean una reliquia olvidada del pasado.

Si bien estas brillantes teorías no hubieran tenido apenas virtualidad en la vida occidental sin la más formidable maquinaria de propaganda marxista y sus casi inagotables fuentes de financiación capitalista.

La Kommitern o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop: Willi Münzenberg. Willi, compañero de Lenin ya desde antes de la revolución bolchevique, y que fue designado por éste para trabajar con Karl Radek, un radical dedicado a "racionalizar" las ideas revolucionarias, y Félix Dzerzhinsky (creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario) se convirtió en el responsable de la propaganda en occidente.

Münzenberg usó la Kommitern para conseguir un objetivo fácil de definir, pero harto difícil de conseguir: inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas y/o estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo siempre eran gente con una mente avanzada, progresistas, partidarios de la humanidad y tocados de un halo especial de refinamiento intelectual y moral.

Münzenberg contaba con una pléyade de escritores, profesores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos y publicistas. De Ernest Hemingway a John Dos Passos, y de Bertold Brecht a Dorothy Parker, pasando por Sartre, etc. siempre dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético.

Bajo su dirección la Kommitern se convirtió en el primer "multimedia" de la historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión de los mensajes que interesara a la dirección comunista. 

El éxito de la estrategia influyó en su posterior reproducción a escala nacional por corporaciones empresariales privadas (e "independientes") cercanas a los centros de poder socialista si bien con una condición empresarial rabiosamente capitalista que no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU, la moral cristiana, etc. de los que se nutre, dariamente, a su parroquia.

Münzenberg también fue el artífice creador de las "agencias de noticias" que servía tanto para intoxicar informativamente como para ocultar a los espías en los países anfitriones.

A inicios de 1920 Lukacs y otros comunistas alemanes crean el Instituto de Investigación Social (IIS) ligado a la Universidad de Francfort y producían una esoclástica marxista con la que emprender el "largo camino a través de las instituciones". 

Las figuras más conocidas fueron: el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y Herbert Marcuse, que emigraron a la Universidad de Columbia de NY huyendo de los nazis.

Fueron los creadores de la Teoría Crítica dirigida, obviamente, a la sociedad occidental que declararon férreamente oprimida por una mentalidad tradicional cristiana a la vez que manipulada por los medios de comunicación que producen una "falsa" cultura para apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

Bajo esta teoría el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas fascistas.
Se trata de una filosofía que trata de inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental pese a ser la sociedad más próspera y libre existente.

Pero todo régimen conocido es torpe y culpable (Raymond Aron) si se compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad. Y esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los '60, la más privilegiada de la historia se convenciera a sí misma de vivir en un insufrible infierno.

Con todo, el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la acuñación por Marcuse del concepto de "tolerancia represiva".

Cuando los campus univesitarios estadounidenses ardían en violentas oleadas en los '60, Marcuse ya era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamando a la rebelión le convirtieron en un "icono intelectual", de él es la consigna: "haz el amor, no la guerra".
Mediante la tolerancia represiva, Marcuse, construye su acta de acusación formal contra la burgesía, considerándola no como una conducta arcaica sino como causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad.

Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, con Marcuse, declara culpable de los mismos delitos al sector sociológico de las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los religiosos o, en general, los autotitulados conservadores.

Marcuse dio con la Tolerancia Represiva un arma dialéctica magnífica al arsenal progre, según la cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (lo que los demás llamamos libertad de expresión) es en realidad una forma escogida de represión. El marxista Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda pero conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a cualquier otra manifestación.

En realidad Marcuse simplemente actualizó las directrices del órgano comunista (Comité Central PCUS que ya en 1943 instruía a sus cuadros con consignas como la siguiente: "nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia social".

Y es la misma técnica dialéctica que adopta la progresía contemporánea, cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, se zanja por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor.
Y éste es el origen de lo que ahora se denomina "lo políticamente correcto". Es decir: MARXISMO CULTURAL, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión y que desemboca en la IMPOSICIÓN de los TÓPICO PREFABRICADOS en defensa de la agenda cultural, intelectual, politica y moral de la izquierda.

Tras varias décadas de marxismo educativo, los alumnos españoles son los menos capacitados en las áreas de conocimiento clásico (rayando el analfabetismo estructural) pero en cambio conforman la generación más hipersensibilizada con los tópicos promovidos por la izquierda como: los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo, o el relativismo ético.

La dictadura del Marxismo Cultural, particularmente en España, obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática ipso facto.

La homosexualidad militante, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada, y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias, teleseries o telediarios como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano.

El menoscabo de la propiedad privada en beneficio del "interés público", la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar son elementos imprescindibles para el "progreso social".


Cualquiera que ose disentir del dictado marxista de estas consignas es inmediatamente un reaccionario, un fanático o un fascista.


BALANCE DEL MARXISMO CULTURAL.
El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer que en el nº de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas:

"- el visible impacto del feminismo, 
- los efectos de la discriminación positiva, 
- la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, 
- la aceptación del multiculturalismo, 
- la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, 
- cambio de roles sexuales, 
- nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, 
- el progreso de la secularización, 
- la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, períodos vacacionales, etc.) 
- la virtual abolición de la pena capital, 
- la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego"

Pero lo más destacable como admite el propio Walzer, es que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas y medios de comunicación, sin que respondan a ningún tipo de presión de movimientos de masas.

Y todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada en la agenda política de la izquierda y de la derecha, todos los partidos conjugan con total despreocupación términos como: desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defensa de la educación pública, del estado del bienestar, etc.


EL DESFONDE DE LA POSMODERNIDAD.
Toda esta vasta empresa contracultural sólo sirvió para retrasar, tal vez una décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo la labor de disolución de los ideales en que se sustenta la sociedad libre occidental ha sido un éxito rotundo.
Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas es capaz de asimilar y asumir el material de desecho esparcido por la vulgata marxista adoptándolo como patrón de conducta.

La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio, etc.) no puede ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja, voluntariamente, de su principal herramienta de supervivencia: la razón.

Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observados como demostración de carácter autoritario del que las sostiene, si no se admite que el ser humano pueda conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas y de cuya moralidad nadie puede responder.

Actualmente la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea.

La educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento científico, sino un medio para reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado.

Los medios de comunicación, la literatura, el cine, presentan una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en todas sus variantes como modelos de conducta, o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o al menos a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo que deberían suscitar espontáneamente en cualquier mente sana.

Algo que también queda reflejado en el arte. La música, la escultura, la arquitectura, la pintura son abortos sin sentido, alucinaciones de mentes extraviadas que suplantan y ocultan el arte de verdad con abominaciones de todo tipo.

Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación.

Durante la II GM no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente y ser rechazados por no aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será un brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo, la paz o el ecologismo.

Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más productiva, próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral el terreno está abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo entre los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso a la inteligencia. Así proliferan movimientos, sectas, irracionalidad, gurús, cartománticos, y todo lo que recoge el movimiento Nueva Era.

Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, el New Age es su trasunto oligofrénico lo que la convierte, inmediatamente, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues integra en un único esquema todos los elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.
[Imagen: Samurai-Jack-Banner-II-samurai-jack-2410...00-300.jpg] 
(26-01-2017, 13:34)LastSamurai escribió: Tómate tu tiempo para leer esto y empezarás a entender mejor muchas cosas:


RAÍCES  DEL PROGRESISMO

Tras la I GM y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una corriente doctrinal del marxismo, a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por los proletarios. En lugar de asaltar el Estado y luego cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas) adoptan la tesis contraria: cambiar radicalmente el alma humana y de esta forma hacer que el poder caiga en manos de la izquierda según Gramsci, como "fruta madura".

El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a lo violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tiene su origen en este reviosinismo marxista de inicios del XX.

A inicios del XX los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, y como resultado el triunfo de la revolución socialista.

En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría, de forma inexorable, una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, al fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por el materialismo histórico, enarbolado por los intelectuales marxistas pretendidamente "científicos" la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran una mera cuestión de tiempo.

Junto a esta corriente marxista "contemplativa" coexistían enérgicos líderes partidarios de "ayudar" a la historia a cumplir sus designios.

La mentira es la musa de las revoluciones: inspira sus programas, sus proclamaciones, sus panegíricos. Pero olvida amordazar a sus testigos.

La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema capitalista, no podía tener más que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional (1907) era suficientemente explícita: "en caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y usar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista"

Sin embargo estas optimistas previsiones de la Internacional acabarían en completo desastre, y supondrían el fin de dicha organización, pues a excepción de Rusia y Serbia (por motivos concretos) los socialistas, junto con los sindicalistas y anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para defender a sus respectivas naciones.

En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos socialistas, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (no de sus supuestos intereses de clase) dejando "la revolución" par mejor ocasión. Los dirigentes marxistas, seguros de la infabilidad de sus análisis científico-materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

Los trabajadores del mundo se unían sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a quienes trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.
Increíble, pues las previsiones de la dialéctica marxista, con su cientificismo histórico, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado tras el cataclismo bélico, pero el resultado fue exactamente el contrario.

Era imperativo un cambio radical de estrategia. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un fracaso evidente -aún en las condiciones más favorables para la agitación revolucionaria- la clave era modificar las consciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y cualquier centro del pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista como "fruta madura".

Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs otro teórico del "terrorismo cultural" (según su autodefinición) sentarían las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición cristiana.

Así la propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección deseada por los "científicos" del marxismo.

Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, el mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiarían, radicalmente, el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de Cárcel son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia.

Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba con su análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano y tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve pero sanguinaria dictadura del judío sodomita Bela Kum bajo la que fue comisario de la cultura. En esta breve dictadura Lukacs (¿Quién Nos Librará de la Civilización Occidental?) instauró como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios en los que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia y la religión que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados.

Se comprueba así que los patrones intelectuales de la generación del baby boom tiene su origen en el programa ideológico diseñado por los comunistas italiano y húngaro medio siglo antes y que los progres tratan de meter con calzador en su Educación para la Ciudadanía.

Gramsci y Lukacs coincidían totalmente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la INGENIERÍA SOCIAL comunista. En lo que diferían con sus antecesores era en los medios para alcanzar dichos fines.

Aunque los progres actuales lo ignoren éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. 

De hecho, Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales de los progres del XXI. Si la izquierda de a pie prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas de la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural en lugar del sempiterno y asesino en serie Ché.

Ambos pusieron las bases de la contracultura que los nuevos progres adoptaron como propia a partir de los '60, y cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida en occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que la propiedad privada, la familia tradicional y la moral cristiana sean una reliquia olvidada del pasado.

Si bien estas brillantes teorías no hubieran tenido apenas virtualidad en la vida occidental sin la más formidable maquinaria de propaganda marxista y sus casi inagotables fuentes de financiación capitalista.

La Kommitern o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop: Willi Münzenberg. Willi, compañero de Lenin ya desde antes de la revolución bolchevique, y que fue designado por éste para trabajar con Karl Radek, un radical dedicado a "racionalizar" las ideas revolucionarias, y Félix Dzerzhinsky (creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario) se convirtió en el responsable de la propaganda en occidente.

Münzenberg usó la Kommitern para conseguir un objetivo fácil de definir, pero harto difícil de conseguir: inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas y/o estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo siempre eran gente con una mente avanzada, progresistas, partidarios de la humanidad y tocados de un halo especial de refinamiento intelectual y moral.

Münzenberg contaba con una pléyade de escritores, profesores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos y publicistas. De Ernest Hemingway a John Dos Passos, y de Bertold Brecht a Dorothy Parker, pasando por Sartre, etc. siempre dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético.

Bajo su dirección la Kommitern se convirtió en el primer "multimedia" de la historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión de los mensajes que interesara a la dirección comunista. 

El éxito de la estrategia influyó en su posterior reproducción a escala nacional por corporaciones empresariales privadas (e "independientes") cercanas a los centros de poder socialista si bien con una condición empresarial rabiosamente capitalista que no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU, la moral cristiana, etc. de los que se nutre, dariamente, a su parroquia.

Münzenberg también fue el artífice creador de las "agencias de noticias" que servía tanto para intoxicar informativamente como para ocultar a los espías en los países anfitriones.

A inicios de 1920 Lukacs y otros comunistas alemanes crean el Instituto de Investigación Social (IIS) ligado a la Universidad de Francfort y producían una esoclástica marxista con la que emprender el "largo camino a través de las instituciones". 

Las figuras más conocidas fueron: el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y Herbert Marcuse, que emigraron a la Universidad de Columbia de NY huyendo de los nazis.

Fueron los creadores de la Teoría Crítica dirigida, obviamente, a la sociedad occidental que declararon férreamente oprimida por una mentalidad tradicional cristiana a la vez que manipulada por los medios de comunicación que producen una "falsa" cultura para apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

Bajo esta teoría el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas fascistas.
Se trata de una filosofía que trata de inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental pese a ser la sociedad más próspera y libre existente.

Pero todo régimen conocido es torpe y culpable (Raymond Aron) si se compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad. Y esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los '60, la más privilegiada de la historia se convenciera a sí misma de vivir en un insufrible infierno.

Con todo, el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la acuñación por Marcuse del concepto de "tolerancia represiva".

Cuando los campus univesitarios estadounidenses ardían en violentas oleadas en los '60, Marcuse ya era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamando a la rebelión le convirtieron en un "icono intelectual", de él es la consigna: "haz el amor, no la guerra".
Mediante la tolerancia represiva, Marcuse, construye su acta de acusación formal contra la burgesía, considerándola no como una conducta arcaica sino como causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad.

Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, con Marcuse, declara culpable de los mismos delitos al sector sociológico de las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los religiosos o, en general, los autotitulados conservadores.

Marcuse dio con la Tolerancia Represiva un arma dialéctica magnífica al arsenal progre, según la cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (lo que los demás llamamos libertad de expresión) es en realidad una forma escogida de represión. El marxista Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda pero conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a cualquier otra manifestación.

En realidad Marcuse simplemente actualizó las directrices del órgano comunista (Comité Central PCUS que ya en 1943 instruía a sus cuadros con consignas como la siguiente: "nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia social".

Y es la misma técnica dialéctica que adopta la progresía contemporánea, cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, se zanja por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor.
Y éste es el origen de lo que ahora se denomina "lo políticamente correcto". Es decir: MARXISMO CULTURAL, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión y que desemboca en la IMPOSICIÓN de los TÓPICO PREFABRICADOS en defensa de la agenda cultural, intelectual, politica y moral de la izquierda.

Tras varias décadas de marxismo educativo, los alumnos españoles son los menos capacitados en las áreas de conocimiento clásico (rayando el analfabetismo estructural) pero en cambio conforman la generación más hipersensibilizada con los tópicos promovidos por la izquierda como: los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo, o el relativismo ético.

La dictadura del Marxismo Cultural, particularmente en España, obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática ipso facto.

La homosexualidad militante, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada, y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias, teleseries o telediarios como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano.

El menoscabo de la propiedad privada en beneficio del "interés público", la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar son elementos imprescindibles para el "progreso social".


Cualquiera que ose disentir del dictado marxista de estas consignas es inmediatamente un reaccionario, un fanático o un fascista.


BALANCE DEL MARXISMO CULTURAL.
El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer que en el nº de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas:

"- el visible impacto del feminismo, 
- los efectos de la discriminación positiva, 
- la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, 
- la aceptación del multiculturalismo, 
- la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, 
- cambio de roles sexuales, 
- nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, 
- el progreso de la secularización, 
- la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, períodos vacacionales, etc.) 
- la virtual abolición de la pena capital, 
- la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego"

Pero lo más destacable como admite el propio Walzer, es que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas y medios de comunicación, sin que respondan a ningún tipo de presión de movimientos de masas.

Y todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada en la agenda política de la izquierda y de la derecha, todos los partidos conjugan con total despreocupación términos como: desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defensa de la educación pública, del estado del bienestar, etc.


EL DESFONDE DE LA POSMODERNIDAD.
Toda esta vasta empresa contracultural sólo sirvió para retrasar, tal vez una décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo la labor de disolución de los ideales en que se sustenta la sociedad libre occidental ha sido un éxito rotundo.
Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas es capaz de asimilar y asumir el material de desecho esparcido por la vulgata marxista adoptándolo como patrón de conducta.

La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio, etc.) no puede ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja, voluntariamente, de su principal herramienta de supervivencia: la razón.

Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observados como demostración de carácter autoritario del que las sostiene, si no se admite que el ser humano pueda conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas y de cuya moralidad nadie puede responder.

Actualmente la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea.

La educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento científico, sino un medio para reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado.

Los medios de comunicación, la literatura, el cine, presentan una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en todas sus variantes como modelos de conducta, o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o al menos a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo que deberían suscitar espontáneamente en cualquier mente sana.

Algo que también queda reflejado en el arte. La música, la escultura, la arquitectura, la pintura son abortos sin sentido, alucinaciones de mentes extraviadas que suplantan y ocultan el arte de verdad con abominaciones de todo tipo.

Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación.

Durante la II GM no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente y ser rechazados por no aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será un brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo, la paz o el ecologismo.

Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más productiva, próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral el terreno está abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo entre los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso a la inteligencia. Así proliferan movimientos, sectas, irracionalidad, gurús, cartománticos, y todo lo que recoge el movimiento Nueva Era.

Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, el New Age es su trasunto oligofrénico lo que la convierte, inmediatamente, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues integra en un único esquema todos los elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

fuente ???
[Imagen: 16143365_1881331492083247_74675332989166...e=594C1823]
PROYECTODespenalizar los malos tratos
Rusia quiere que no sea delito pegar a la mujer "una vez al año"


ya lo han votado  ,, para no destruir familias ,, dicen ,,,, 
  entre Puttin y Trump  ,,el mundo va a cambiar bastante ,,
Sad Sad Crying Crying Angry Angry Devil Devil Devil Devil Devil Devil Devil Devil Devil
http://www.elmundo.es/sociedad/2017/01/1...b4728.html
[Imagen: CmXf-YoE_400x400.jpg]

https://twitter.com/hwndus?lang=fr
(26-01-2017, 13:36)enrike hu fr escribió:
(26-01-2017, 13:34)LastSamurai escribió: Tómate tu tiempo para leer esto y empezarás a entender mejor muchas cosas:


RAÍCES  DEL PROGRESISMO

Tras la I GM y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una corriente doctrinal del marxismo, a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por los proletarios. En lugar de asaltar el Estado y luego cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas) adoptan la tesis contraria: cambiar radicalmente el alma humana y de esta forma hacer que el poder caiga en manos de la izquierda según Gramsci, como "fruta madura".

El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a lo violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tiene su origen en este reviosinismo marxista de inicios del XX.

A inicios del XX los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, y como resultado el triunfo de la revolución socialista.

En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría, de forma inexorable, una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, al fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por el materialismo histórico, enarbolado por los intelectuales marxistas pretendidamente "científicos" la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran una mera cuestión de tiempo.

Junto a esta corriente marxista "contemplativa" coexistían enérgicos líderes partidarios de "ayudar" a la historia a cumplir sus designios.

La mentira es la musa de las revoluciones: inspira sus programas, sus proclamaciones, sus panegíricos. Pero olvida amordazar a sus testigos.

La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema capitalista, no podía tener más que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional (1907) era suficientemente explícita: "en caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y usar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista"

Sin embargo estas optimistas previsiones de la Internacional acabarían en completo desastre, y supondrían el fin de dicha organización, pues a excepción de Rusia y Serbia (por motivos concretos) los socialistas, junto con los sindicalistas y anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para defender a sus respectivas naciones.

En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos socialistas, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (no de sus supuestos intereses de clase) dejando "la revolución" par mejor ocasión. Los dirigentes marxistas, seguros de la infabilidad de sus análisis científico-materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

Los trabajadores del mundo se unían sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a quienes trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.
Increíble, pues las previsiones de la dialéctica marxista, con su cientificismo histórico, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado tras el cataclismo bélico, pero el resultado fue exactamente el contrario.

Era imperativo un cambio radical de estrategia. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un fracaso evidente -aún en las condiciones más favorables para la agitación revolucionaria- la clave era modificar las consciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y cualquier centro del pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista como "fruta madura".

Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs otro teórico del "terrorismo cultural" (según su autodefinición) sentarían las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición cristiana.

Así la propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección deseada por los "científicos" del marxismo.

Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, el mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiarían, radicalmente, el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de Cárcel son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia.

Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba con su análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano y tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve pero sanguinaria dictadura del judío sodomita Bela Kum bajo la que fue comisario de la cultura. En esta breve dictadura Lukacs (¿Quién Nos Librará de la Civilización Occidental?) instauró como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios en los que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia y la religión que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados.

Se comprueba así que los patrones intelectuales de la generación del baby boom tiene su origen en el programa ideológico diseñado por los comunistas italiano y húngaro medio siglo antes y que los progres tratan de meter con calzador en su Educación para la Ciudadanía.

Gramsci y Lukacs coincidían totalmente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la INGENIERÍA SOCIAL comunista. En lo que diferían con sus antecesores era en los medios para alcanzar dichos fines.

Aunque los progres actuales lo ignoren éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. 

De hecho, Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales de los progres del XXI. Si la izquierda de a pie prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas de la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural en lugar del sempiterno y asesino en serie Ché.

Ambos pusieron las bases de la contracultura que los nuevos progres adoptaron como propia a partir de los '60, y cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida en occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que la propiedad privada, la familia tradicional y la moral cristiana sean una reliquia olvidada del pasado.

Si bien estas brillantes teorías no hubieran tenido apenas virtualidad en la vida occidental sin la más formidable maquinaria de propaganda marxista y sus casi inagotables fuentes de financiación capitalista.

La Kommitern o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop: Willi Münzenberg. Willi, compañero de Lenin ya desde antes de la revolución bolchevique, y que fue designado por éste para trabajar con Karl Radek, un radical dedicado a "racionalizar" las ideas revolucionarias, y Félix Dzerzhinsky (creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario) se convirtió en el responsable de la propaganda en occidente.

Münzenberg usó la Kommitern para conseguir un objetivo fácil de definir, pero harto difícil de conseguir: inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas y/o estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo siempre eran gente con una mente avanzada, progresistas, partidarios de la humanidad y tocados de un halo especial de refinamiento intelectual y moral.

Münzenberg contaba con una pléyade de escritores, profesores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos y publicistas. De Ernest Hemingway a John Dos Passos, y de Bertold Brecht a Dorothy Parker, pasando por Sartre, etc. siempre dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético.

Bajo su dirección la Kommitern se convirtió en el primer "multimedia" de la historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión de los mensajes que interesara a la dirección comunista. 

El éxito de la estrategia influyó en su posterior reproducción a escala nacional por corporaciones empresariales privadas (e "independientes") cercanas a los centros de poder socialista si bien con una condición empresarial rabiosamente capitalista que no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU, la moral cristiana, etc. de los que se nutre, dariamente, a su parroquia.

Münzenberg también fue el artífice creador de las "agencias de noticias" que servía tanto para intoxicar informativamente como para ocultar a los espías en los países anfitriones.

A inicios de 1920 Lukacs y otros comunistas alemanes crean el Instituto de Investigación Social (IIS) ligado a la Universidad de Francfort y producían una esoclástica marxista con la que emprender el "largo camino a través de las instituciones". 

Las figuras más conocidas fueron: el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y Herbert Marcuse, que emigraron a la Universidad de Columbia de NY huyendo de los nazis.

Fueron los creadores de la Teoría Crítica dirigida, obviamente, a la sociedad occidental que declararon férreamente oprimida por una mentalidad tradicional cristiana a la vez que manipulada por los medios de comunicación que producen una "falsa" cultura para apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

Bajo esta teoría el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas fascistas.
Se trata de una filosofía que trata de inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental pese a ser la sociedad más próspera y libre existente.

Pero todo régimen conocido es torpe y culpable (Raymond Aron) si se compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad. Y esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los '60, la más privilegiada de la historia se convenciera a sí misma de vivir en un insufrible infierno.

Con todo, el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la acuñación por Marcuse del concepto de "tolerancia represiva".

Cuando los campus univesitarios estadounidenses ardían en violentas oleadas en los '60, Marcuse ya era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamando a la rebelión le convirtieron en un "icono intelectual", de él es la consigna: "haz el amor, no la guerra".
Mediante la tolerancia represiva, Marcuse, construye su acta de acusación formal contra la burgesía, considerándola no como una conducta arcaica sino como causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad.

Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, con Marcuse, declara culpable de los mismos delitos al sector sociológico de las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los religiosos o, en general, los autotitulados conservadores.

Marcuse dio con la Tolerancia Represiva un arma dialéctica magnífica al arsenal progre, según la cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (lo que los demás llamamos libertad de expresión) es en realidad una forma escogida de represión. El marxista Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda pero conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a cualquier otra manifestación.

En realidad Marcuse simplemente actualizó las directrices del órgano comunista (Comité Central PCUS que ya en 1943 instruía a sus cuadros con consignas como la siguiente: "nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia social".

Y es la misma técnica dialéctica que adopta la progresía contemporánea, cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, se zanja por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor.
Y éste es el origen de lo que ahora se denomina "lo políticamente correcto". Es decir: MARXISMO CULTURAL, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión y que desemboca en la IMPOSICIÓN de los TÓPICO PREFABRICADOS en defensa de la agenda cultural, intelectual, politica y moral de la izquierda.

Tras varias décadas de marxismo educativo, los alumnos españoles son los menos capacitados en las áreas de conocimiento clásico (rayando el analfabetismo estructural) pero en cambio conforman la generación más hipersensibilizada con los tópicos promovidos por la izquierda como: los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo, o el relativismo ético.

La dictadura del Marxismo Cultural, particularmente en España, obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática ipso facto.

La homosexualidad militante, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada, y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias, teleseries o telediarios como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano.

El menoscabo de la propiedad privada en beneficio del "interés público", la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar son elementos imprescindibles para el "progreso social".


Cualquiera que ose disentir del dictado marxista de estas consignas es inmediatamente un reaccionario, un fanático o un fascista.


BALANCE DEL MARXISMO CULTURAL.
El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer que en el nº de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas:

"- el visible impacto del feminismo, 
- los efectos de la discriminación positiva, 
- la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, 
- la aceptación del multiculturalismo, 
- la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, 
- cambio de roles sexuales, 
- nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, 
- el progreso de la secularización, 
- la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, períodos vacacionales, etc.) 
- la virtual abolición de la pena capital, 
- la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego"


Pero lo más destacable como admite el propio Walzer, es que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas y medios de comunicación, sin que respondan a ningún tipo de presión de movimientos de masas.

Y todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada en la agenda política de la izquierda y de la derecha, todos los partidos conjugan con total despreocupación términos como: desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defensa de la educación pública, del estado del bienestar, etc.


EL DESFONDE DE LA POSMODERNIDAD.
Toda esta vasta empresa contracultural sólo sirvió para retrasar, tal vez una décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo la labor de disolución de los ideales en que se sustenta la sociedad libre occidental ha sido un éxito rotundo.
Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas es capaz de asimilar y asumir el material de desecho esparcido por la vulgata marxista adoptándolo como patrón de conducta.

La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio, etc.) no puede ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja, voluntariamente, de su principal herramienta de supervivencia: la razón.

Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observados como demostración de carácter autoritario del que las sostiene, si no se admite que el ser humano pueda conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas y de cuya moralidad nadie puede responder.

Actualmente la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea.

La educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento científico, sino un medio para reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado.

Los medios de comunicación, la literatura, el cine, presentan una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en todas sus variantes como modelos de conducta, o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o al menos a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo que deberían suscitar espontáneamente en cualquier mente sana.

Algo que también queda reflejado en el arte. La música, la escultura, la arquitectura, la pintura son abortos sin sentido, alucinaciones de mentes extraviadas que suplantan y ocultan el arte de verdad con abominaciones de todo tipo.

Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación.

Durante la II GM no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente y ser rechazados por no aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será un brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo, la paz o el ecologismo.

Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más productiva, próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral el terreno está abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo entre los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso a la inteligencia. Así proliferan movimientos, sectas, irracionalidad, gurús, cartománticos, y todo lo que recoge el movimiento Nueva Era.

Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, el New Age es su trasunto oligofrénico lo que la convierte, inmediatamente, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues integra en un único esquema todos los elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

fuente ???

me lo he leido  ,,esto quien lo ha escrito ??  en España tenemos una educacion marxista ???  lo tuyo es grave ,,grave ,,, sin palabras para definirlo sin llegar al insulto  ,,como hace el que ha escrito esa basura ,,  


toma lee esto  no tye quedes en Lenin  asesino  ,habla de organizacion social ,,,  y te pongo la fuente para que no quepa duda 
http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=6613

LA CONCEPCIÓN QUE TIENE DEL PARTIDO LENIN ROMPE CON LA FORMA DE PARTIDO PARLAMENTARIORecuperar a LeninTodo es forma partido en la política española... lo que falta es una teoría de la organización al servicio de la acción del nuevo tipo de asalariado resultante de una década de crisis, que permita recuperar la secuencia revolucionaria del cambio en España
EDDY SÁNCHEZ IGLESIAS  19/01/2017


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ENLACES RELACIONADOS
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Como cada año, el 21 de enero se conmemora la fecha del fallecimiento de Lenin, momento en el que lanzo una pregunta intencionada ¿y si el abandono del leninismo fue un error?

Mi intención es contribuir a abrir un debate en el marco del que será el XX Congreso del PCE, al plantear la necesidad de recuperar a Lenin en las condiciones actuales, en concreto, su teoría sobre el partido.

Elegir este tema -el otro sería la teoría leninista sobre el imperialismo, al que dedicaré un próximo artículo-, viene motivada por la contradicción que surge al apreciar cómo las bases del PCE se siguen considerando leninistas (en su mayor medida) mientras que el Partido (como institución) no. 

Todo en un contexto donde le PCE realiza una revisión crítica de sus aciertos y errores durante la Transición, revisión incompleta, porque precisamente uno de los mayores gestos políticos de aquel PCE, como fue el abandono del leninismo en su IX Congreso en 1978, aparece como incuestionable en la actualidad. 

En mi opinión, el motivo político principal para ese “abandono de Lenin” no es tanto el hecho –de gran envergadura- de las consecuencias políticas que tiene hoy la desaparición de la URSS, sino la asunción por parte del PCE –al menos hasta ahora- de una premisa: que la teoría del partido de nuevo tipo de Lenin ya no tiene vigencia en la sociedad actual. Si se considera la teoría del partido como la aportación más importante de Lenin al marxismo, al entenderse sin vigencia, el abandono del leninismo queda justificado.

Mi hipótesis es diferente y contraria. Para ello me baso en el trabajo del sociólogo y antropólogo francés Sylvain Lazarus y su artículo “Lenin y el partido” editado en el libro de Akal Lenin Reactivado. Cito textualmente a Lazarus: “durante el siglo XIX la idea de la política era la insurreccional, mientras que en el siglo XX esa idea descansaba sobre el partido. […] Lenin iba a convertir la nueva concepción del partido en la condición para una estrategia revolucionaria en la era del imperialismo”.

Según esta hipótesis, que comparto, es dentro de la forma partido donde se han reorientado, y se orientan, las condiciones de clase y de acceso al poder. Y es aquí donde Lenin hace una aportación central, aportación que hace –siguiendo a Lazarus- rompiendo con la tesis de Marx y Engels del Manifiesto Comunista, en lo que respecta al carácter espontáneo de la aparición de comunistas dentro del proletariado moderno. Si para Marx “donde hay proletarios hay comunistas”, Lenin oponía “donde hay partido hay proletarios comunistas”. Para Lenin los mecanismos de realización de las condiciones de la revolución requieren la forma partido. Entonces la pregunta sería ¿qué forma partido?

Ante tal pregunta, cabe afirmar que la forma partido que asume la izquierda actual, sea moderna o posmoderna, es la forma de partido parlamentario. El partido parlamentario se presenta como una organización que reduce la política al poder del Estado y que, por tanto, busca recabar apoyo de todos los estratos y clases sociales para acceder al ejercicio –que no toma- de dicho poder. El partido parlamentario niega por tanto toda referencia de clase, haciendo del programa su elemento central, base de un “contrato” con el que aglutinar a toda una base interclasista.

La concepción que tiene del partido Lenin rompe con la forma de partido parlamentario, heredero de la Francia que vence a la Comuna de París en 1871, y sitúa como centro de la acción política la categoría política de partido revolucionario, aquel que tiene en la referencia de clase su centralidad.

Frente al partido parlamentario, Lenin descubre aquella dimensión del marxismo que había sido negada por la práctica de la Segunda Internacional: la dimensión emancipadora de la subjetividad. Esta compresión de la acción política desde la vuelta a la clase es clave para afrontar el momento político actual, caracterizado por una clase trabajadora en plena transformación.

Es necesario separar al PCE de la visión de la izquierda actual, que reduce a la clase obrera al puro momento objetivo (como una mera realidad económica), a la vez que entiende el momento subjetivo como algo separado de la producción, lo que reduce la política del partido a una tarea de gestión económico-política del capitalismo, que bien podríamos llamar “gobernismo”. 

El momento subjetivo de una clase obrera en formación, que como la actual, nos remite a lo que E.P. Thompson presentaba como una clase trabajadora que se atrevía, en momentos de sobre-explotación, “a distinguir entre trabajo y vida”, tal y como hacen hoy los trabajadores de los Contac Center, Coca Cola, Movistar o Nissan, que plantean una acción colectiva exitosa allí donde nadie esperaba: la empresa global y el barrio.

Bien entendido, lo que se plantea no es elaborar una teoría frente a la supuesta cancelación histórica de la forma partido, sino recuperar de la forma parlamentaria la forma partido, para así –volviendo a Sylvain Lazarus- “extraer la revolución de este mecanismo de captura” que supone el parlamentarismo. 

En la actualidad organizaciones no faltan, todo es forma partido en la política española de hoy, lo que falta es una teoría de la organización al servicio de la acción del nuevo tipo de asalariado resultante de una década de crisis, que permita recuperar la secuencia revolucionaria del cambio en España, y que posibilite examinar y concretar en términos de hoy, la concepción de partido y de clase. Elementos por los que el PCE debería plantearse recuperar a Lenin en su próximo congreso.


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